Sin tecnicismos económicos, estos son los cuatro puntos del proyecto que pueden afectar directamente tu bolsillo, tu trabajo y los servicios que usas a diario.

El Plan de Reconstrucción es una apuesta de “todo o nada” donde el crecimiento económico debe ocurrir con una velocidad y magnitud sin precedentes para no desestabilizar la billetera fiscal. Sin embargo, sacrificar el crecimiento tendencial y la sostenibilidad de los servicios sociales por un alivio tributario concentrado en las rentas más altas es una estrategia de alto riesgo.

Salud y educación pública podrían recibir menos recursos: Impacto en servicios esenciales

Para financiar los recortes de impuestos que propone el proyecto, el Estado reduciría el gasto público en cerca de US$4.000 millones. Ese dinero hoy financia hospitales, consultorios, colegios y universidades públicas. Menos presupuesto puede significar listas de espera más largas, menos medicamentos disponibles o reducción de personal en establecimientos públicos.

Tu sueldo podría estancarse si ganas el mínimo o poco más: Impacto en trabajadores de bajos ingresos

El proyecto entrega un subsidio a las empresas que mantengan trabajadores con sueldos de hasta 1,5 veces el sueldo mínimo. El problema: si la empresa sube tu sueldo por encima de ese límite, pierde el beneficio. Esto crea un incentivo directo para no aumentar salarios, dejando a muchos trabajadores atrapados en el tramo más bajo de remuneración por años.

Los beneficios tributarios están concentrados en quienes más ganan: Impacto en la desigualdad

Si trabajas como dependiente o tienes un pequeño negocio, este proyecto no te genera ningún beneficio tributario directo. Las mayores ventajas están diseñadas para personas con ingresos superiores a $8,4 millones mensuales. En la práctica, quienes tienen menos pagarán lo mismo o más a través de servicios públicos degradados, mientras el alivio fiscal favorece a los sectores de mayores rentas.

Las reglas quedarían fijas por hasta 30 años: Impacto en el largo plazo

El proyecto incluye cláusulas que congelan las condiciones tributarias por entre 20 y 30 años. Esto significa que futuros gobiernos y parlamentos no podrían ajustar estas reglas, aunque surja una emergencia social, una crisis climática o nuevas necesidades del país. Las decisiones tomadas hoy limitarían la capacidad del Estado de responder a los problemas de las próximas generaciones.

La pregunta que queda sobre la mesa es simple: ¿vale la pena reducir los servicios públicos que usamos hoy a cambio de una promesa de crecimiento que podría —o no— materializarse en los próximos años?